La ketamina es un anestésico disociativo desarrollado por primera vez en la década de 1960 y utilizado en todo el mundo en medicina humana y veterinaria. Químicamente y farmacológicamente difiere de los psicodélicos clásicos: en lugar de actuar sobre los receptores de serotonina 5-HT2A, bloquea principalmente los receptores NMDA del glutamato, produciendo una sensación de desapego del cuerpo y del entorno (disociación) junto con percepción alterada y alivio del dolor.
A dosis subanestésicas, los efectos aparecen rápidamente y son relativamente breves, desde un estado flotante y onírico hasta, a dosis más altas, una disociación intensa a veces descrita como un «k-hole». La ketamina también se ha vuelto importante en psiquiatría: una sola dosis intravenosa puede producir efectos antidepresivos rápidos (Zarate et al., 2006), y un derivado, la esketamina, está aprobado en algunos países para la depresión resistente al tratamiento.
A diferencia de los psicodélicos clásicos, la ketamina conlleva un riesgo significativo de dependencia y, con un uso prolongado e intenso, puede causar daños graves en la vejiga y el tracto urinario. Esta página resume su farmacología, efectos, riesgos y prácticas de reducción de daños, basándose en la literatura revisada por pares y recursos consolidados de reducción de daños.